Entrevista a Jaime Torres.


El charanguista afirma que el instrumento no es sólo “para ganar un mango” y que eso no se enseña. Asegura que en el folklore hay una “reserva formidable” de artistas y reniega de los festivales.
 

Es imposible decir charango y no pensar en Jaime Torres. Tal vez porque los primeros sonidos de ese instrumento que nos llegaron a los oídos salieron de su charango. El mismo sonido que recorrió varios países del mundo, se codeó con estilos electrónicos y trasladó por todas partes el paisaje del hombre del Altiplano. El músico viene de grabar un disco, casi como una sesión de jazz, en Francia junto a Magic Malik y finalizó otro con la mezzosoprano Susana Moncaya y Simón Ho. “Soy como una pequeña empresa, tocando lo que siento con cada artista”, dice Torres con una sonrisa. En una especie de consultorio musical que tiene en su casa de Barracas, explica que está escuchando mucha música porque su corazón le pidió descanso. Antes de empezar a hablar le da play a una copia del disco que grabó con Malik y que aún no tiene nombre. “Lo pongo, para que te rías un poco”, dice y comienza a hablar. 

–¿Por qué grabás tanto con gente de otros géneros, no te basta con el folklore?
–Sigo tocando con una coplera que tenga caja o con una banda de anatas… Estas melodías nuevas salen desde lo profundo del instrumento, porque no estamos escuchando algo de jazz ni tango, pero tiene mucha frescura. Hay público del sudeste asiático o Europa que no conoce nada de nosotros y uno sólo trata de expresar la historia que la música tiene detrás de afectos, de amistades, de un bien pensar en el prójimo. Si esto no fuese así, yo estaría viviendo en Europa hace 30 años. 
–¿Es una búsqueda entonces? 
–En los últimos años anduve buscando distintos timbres del instrumento y siempre he ido mostrando un algo más del charango. Se trata de un instrumento joven, a pesar de su antigüedad, que está relegado. El 25 de Mayo o el 9 de Julio la gente celebraba y cantaba canciones de otro tipo o bailaba el minué, pero en realidad la gente del Alto Perú, que luchó tanto por la independencia de esta región, no bailaba minué ni tocaba ni violines ni el piano. Es extraño, pero no vas encontrar jamás ningún libro de historia que hable de nosotros. 
–¿Cómo llegaste al charango?
–De curioso, como hacen los chicos. Me sirvió de mucho lo que me enseñaron mis padres, después la gente que estuvo entre nosotros en forma sucesiva y además viví en Bolivia varios años. Más tarde entendí que primero están la  música y el instrumento, pero que ambos son excusas, porque detrás está el hombre. Y ahí te preguntás de dónde viene, a dónde pertenece, a pesar de que ese hombre está de paso. Hay un trabajo sobre el instrumento. Hoy en una banda de rock, puede aparecer un charango; también hay un grupo de música mexicana, que utiliza el charango. 
–¿Como que cobró otro valor?
–Cuando aprendí a tocar, el charango era un instrumento desconocido. Era muy difícil encontrar las cuerdas en esa época, en el ’46 o ’47. Nunca nadie se pregunta cómo era, cómo hacían los grandes maestros del charango. Por ahí te dicen: “¿qué cuerdas usa usted? Yo uso cuerdas, no sé qué”, o también dicen “uso cuerdas para descubrir el mejor sonido”, y yo me río muchísimo, porque al instrumento hay que descubrirle el alma. Pero me alegra que se siga hablando del instrumento. Lo mejor sería tener más conocimiento y un poco los colores del paisaje para poder expresar qué es lo que hace. 
–¿Y se multiplica tu trabajo?
–Y es distinto, hay mucha gente que toca, vengo de una época en que bastaba entrar a comprar instrumentos para que la gente te mire distinto. O decías “yo toco charango” y se reían. Yo tenía gente del público que se reía. Y es esto que hoy se toca en distintos medios de transporte, en un bus, un tren de muchos lugares del mundo. Detrás de esto hay todo un trabajo de difusión. 
–Pertenecés a una época clave del folklore argentino.
–Tomé otra dimensión con Ariel Ramírez, pero éramos todo un grupo de gente. Lo que marcó esa época fue que se trabajó la poesía con un sentido que no había hasta ese momento. La canción existió siempre, el ritmo existió pero lo que le terminó dando ese perfil que le faltaba fue la incorporación del poeta, que no estaba incorporado a la canción popular. Había muchos letristas, aquellos hombres que les imprimían el otro vuelo a una canción: hablaban sobre la mina y el cuarzo. Rescato mucho la gente de Salta y Tucumán, que fueron los que siempre sacaron las melodías. 
–Fue la misma época de Armando Tejada Gómez...
–La época de Tejada Gómez viene después. Hay una libertad total que se manifiesta o con una rebeldía, o con un fin político. Armando logró otra movida que acompañó mucho los años que se vivieron cuando ardía América del Sur. La canción de la que yo hablo tenía otra libertad. Es imposible no mencionar a Violeta Parra, pero de la misma manera había otra poetisa, que era Chabuca Granda. Estas son las diferencias que marco: no son letristas ocasionales, no son redactores de un informe. Yo me crié leyendo esto, soy un muy mal lector y aprendí mucho con las canciones. 
–¿Y cómo son las cosas ahora? ¿Se renuevan estos músicos?
–Hay una reserva formidable. Y ahora se traga menos vidrio, no hay tanto “tachín-tachín” en el folklore, porque hay chicos que trabajan en serio. Es el caso del “Chango” Spasiuk. Son jóvenes y laburan muy criteriosamente y de verdad, no inciertamente. Figuras como el grupo de Juan Quintero, Juan Falú, Saluzzi, hay muchos más. Hace un año y medio estaba en México en un festival y de repente aparecieron 30 pibes con charangos que querían saludarme. Yo los hice subir para tocar con todos. Nadie puede erigirse en jefe de nadie si no que en el movimiento cada uno sabrá cómo aportar. En lo específico al charango, hay gente que toca de verdad y que no toca huevadas. En los institutos o escuelas de música popular que son formidables falta una materia, y es que la música no es solamente para subsistir y ganar un mango. Hay que decir de qué se trata y qué es, y en los instrumentos criollos, mucho más todavía. Cuando un nieto mío viene y me dice “prestame el charango”, yo le dijo: “primero andá y lavate las manos si querés tocar acá”. 
–¿Seguís los festivales?
–Algunos sí. Hay una gran diversidad de criterios. Hay muchos y son muy distintos. El público exige otro tipo de cosas, lo competitivo no me termina de convencer porque lo convierte en negocio, entonces los chicos ya saben el perfil que tienen que poner cuando viene la cámara. Mucho no me satisfacen los festivales. Se preocupan por estar saltando, gritando, que “la manito arriba”... uno no no es más de Salta ni es más de Tucumán porque se ponga el poncho. 
–Vas a tocar en la Costanera. El lugar tiene un significado especial para vos, ¿no?
–Mis viejos llegaron de Bolivia a Tucumán en el ’37, en el ’38 nací yo, en septiembre de ese año se vinieron a vivir a Capital en un lugar muy próximo a la Costanera. Entonces yo me crié yendo todo el tiempo ahí. A mí a veces me dicen: “me imagino de usted el paisaje que tiene adentro cuando toca”, y a mí me causa gracia porque mi  paisaje era ese: en la Costanera con un baldecito juntando arena. Ahí vi muchos números de varieté. Había una pequeña playita. Quiero mucho ese lugar, voy todos los días y doy una vuelta escuchando música, saludando y hablando con los paisanos que andan trabajando por esa zona. <
Jaime Torres se presenta mañana, a las 20 horas, gratis en el ciclo Cultura para respirar, de la Ciudad.

 

Fuente: Tiempo Argentino

 

Escribir comentario

Comentarios: 0