Las misiones indígenas de Tartagal, víctimas de un “etnocidio” silencioso

Los ocho chicos que murieron por deshidratación, según el gobierno salteño, o por desnutrición, según los médicos, pertenecían a pueblos originarios. Un drama de la pobreza en el que la soja y los agrotóxicos también cumplen su rol.
 

En poco más de dos semanas, las muertes de ocho niños de la etnia wichi en la provincia de Salta volvieron a poner en el foco de la atención el drama del hambre en una de las regiones del país más castigadas por la pobreza. Tiempo Argentino visitó el Hospital General Juan Domingo Perón, en Tartagal, base de operaciones de un operativo sanitario de emergencia ordenado por el gobernador Juan Manuel Urtubey y dos de las comunidades indígenas que padecen la falta de acceso a los servicios de salud más elementales y que recientemente han padecido la irreparable pérdida de sus niños, en lo que podría llamarse un silencioso etnocidio.

Las autoridades sanitarias de la provincia venían evitando hablar de desnutrición, y ante cada muerte ponían por delante diagnósticos de diarrea y deshidratación, acompañados por las temperaturas extremas del verano salteño. Ahora ya se rindieron a la evidencia, aunque el gobernador se animó a mencionar una extraña clase de hambre: “desnutrición cultural”, dijo. Desde el primer día –y desde mucho antes–, la Asociación de Profesionales de la Salud de Salta (APSADES) prefirió hablar, sin ambages ni rodeos discriminadores, de desnutrición. 

En la misión Sachapera se registraron dos de las ocho muertes. A casi tres kilómetros de la ciudad de Tartagal, y en una casa al borde del camino, al cabo de varias cuadras de fango, anegadas por las lluvias, el cacique Salvador Guzmán reparte “tarjetas sociales” entre los vecinos. Y menciona otro elemento que hasta aquí no se había escuchado: según el representante de la misión, el modelo sojero parece no ser ajeno al drama.

“Acabamos de enterrar a uno de los chicos, que murió desnutrido –dice Guzmán–. El hambre es mucho aquí. Somos guaraníes y wichis en esta misión, y no sabemos que hacer ya, porque el único motivo por el cual se nos están muriendo nuestros chicos es el hambre. Nosotros, los mayores, sufrimos la falta de trabajo. Antes trabajábamos con la madera, ahora con los desmontes y las plantaciones de soja, pero nadie te da trabajo porque ahora cosechan con máquinas y la fuerza de nosotros ya no les sirve. Ahora estábamos repartiendo la tarjeta social que da el gobierno, que es una ayuda de 50 pesos, pero imagínese si eso alcanza para darle de comer a un hijo.”

Guzmán agrega que le parece extraña la gran cantidad de infecciones y los cuadros de diarrea que estaban apareciendo en la comunidad, que antes no eran frecuentes. Ante la sospecha de que el agua esté infectada de alguna forma, el cacique dice que el río que les pasa cerca cada vez trae más basura y desechos de la ciudad. Paulina, una vecina de Sachapera, dice que “el agua sale blanca”, con mucho olor a cloro. “No le conviene tomarla”, le advierte al periodista.

El paisaje de carestía es el mismo en la misión Quebrachal 2, en los márgenes de la localidad de General Ballivián, y también son las mismas palabras las primeras que se escuchan: “Estamos cansados ya de tantas preguntas y ninguna solución.” También allí se murió un chico. 

Jonathan Félix, maestro bilingüe de la misión, sintetiza las urgencias de la comunidad: “Aquí nos hacen falta chapas, la necesidad de casas es grande, sólo quince de las casi 200 están bien construidas, el resto tiene techo de plástico. También necesitamos que nos instalen la bomba de agua. Y remedios para el hospital, por supuesto. Pero lo fundamental que necesitamos es que nos permitan trabajar. Yo soy maestro bilingüe, pero acá necesitamos también agentes sanitarios que sean bilingües y de la comunidad, para que conozcan y comprendan nuestra situación.”

Félix también refiere al imperio de la soja, y a la peste que lo acompaña: los agroquímicos. “No se emplean más peones para la cosecha, y los químicos, el veneno que le echan a la siembra, seguramente está dañándonos el agua. Porque no puede ser que tengamos tantos problemas de diarrea en los más chicos. Algo nos está envenenando. Yo, con la edad que tengo –y aunque no parezca, no llega a los 30–, me estoy quedando ciego.”

De todos modos, la médula de la tragedia es el hambre. “Los chicos más chiquitos y los abuelos son los que más lo sufren, como siempre, pero aunque traigan camionadas de comida todas juntas, esto no lo van a  poder solucionar nunca así nomás. Queremos que nos dejen trabajar, que nos dejen recuperar la dignidad. Necesitamos soluciones urgentes y que se construya un comedor comunitario que brinde el servicio de comidas básicas para subsistir”, explica el maestro.

Sólo cuando empieza a bajar el sol, el calor deja respirar una inusual brisa de aire fresco. Dicen que a las siete va a llegar el doctor Urtubey, que no es la primera vez que un gobernador viene a recorrer la misión. Qué espera Félix de la visita. “Nada o casi nada, ya llega un poco tarde. Ojalá se conmueva un poquito, al menos, con la pobreza extrema que va encontrar acá, a ver si así reacciona.” 

 

Fuente: Tiempo Argentino

 

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